Tapones de plástico, por Alfonso García

El sábado, el Diario de León publicaba un artículo de opinión que firmaba Alfonso García sobre las campañas de recogida de tapones, como por ejemplo, la nuestra para Anaís.




La pobreza golpea cada día con más fuerza. Dicen que en los ámbitos en que se instala –algunos no han salido nunca de sus dominios- tienen más acentuado el espíritu solidario. Quienes conocen esas franjas, que algunos llaman «culturas de la pobreza», lo han advertido. O experimentado. Seguro. La filosofía de la abundancia queda muy lejos de semejantes actitudes o, en todo caso, como simple compromiso social, con un vaciamiento de apego a la realidad que se acerca más al relumbrón o al do ut des –«doy para recibir», abreviando- que se aleja de la pura necesidad. Suelen decir estos, además, que las cosas están así porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Y utilizan el plural como si tal cosa. Habría que responder que la afirmación no es correcta, porque la mayoría –excepto unos pocos de variado pelaje y condición que navegan por las alturas de ingresos excepcionales, cuando no astronómicos y públicos- lo que ha hecho es vivir con salarios que han estado por debajo de nuestras necesidades.

León es una tierra solidaria. Muy. A pesar del carácter aparentemente austero de nuestras gentes, es justo reconocer ese compromiso colectivo hacia los más desfavorecidos. Solidaridad silenciosa, además, como debe ser. En prácticamente todos los ámbitos hemos asistido en los últimos tiempos a actividades encaminadas a tal fin. Recuerdo, por citar un ejemplo cercano, el de los artistas plásticos, que han donado obra para cubrir necesidades de la Asociación de Esclerosis Múltiple o de los damnificados por el fuego de Castrocontrigo. La enumeración se haría larga.

Me quedo hoy con la marea de los tapones de plástico que moviliza a miles de leoneses anónimos que desde colectivos, negocios que se convierten en punto de encuentro y entrega o particulares, recogen tapones para, reciclados –desconozco método y función-, permitir la compra de una silla de ruedas, una cama especial o una operación quirúrgica complicada y costosa. Se van así tapando, o taponando, nunca mejor dicho, algunas necesidades, gracias a esa filosofía de la generosidad. Ya decía Lao-Tse, en un libro cuya lectura recomiendo, Tao Te Ching, que «saber cuándo tienes suficiente es ser rico».

Cuando uno piensa en estos pequeños pero fructíferos compromisos sociales, no puede dejar de pensar en la falta de decoro con que se mueven ciertas élites políticas y económicas. Ni en esos orondos «desayunos de trabajo» que vemos en la tele, superfluos, cuyo destino tendría más eficacia si el importe se destinase a complementar los tapones de plástico. ¿Sería tan descabellado pedirles que lleguen desayunados de casa?